Venezuela: las primeras 48 horas luego del ataque militar

El ataque que culminó con la captura de Maduro incluyó bombardeos y una rápida incursión de fuerzas especiales. La operación se habría planificado con meses de anticipación, combinando inteligencia y fuerzas de élite, según expertos citados por medios internacionales

No obstante, la celeridad y la facilidad con la que se ejecutó la misión y la aparente ausencia de una defensa coordinada por parte de las autoridades venezolanas ha generado especulaciones en distintos sectores sobre si pudo existir algún tipo de facilitación interna por parte de facciones del poder que deseaban la salida de Maduro. La hipótesis, por cierto plausible, es la existencia de una cooperación formal de altos mandos del chavismo para entregar a Maduro. Por lo pronto, ha trascendido por boca de funcionarios yanquis la “infiltración” de “un” agente de la CIA en los círculos íntimos del poder que proporcionó información clave para la realización del operativo. Si no hubo una colaboración, lo menos que puede decirse es que la operación aprovechó fracturas internas en el régimen para consumar el ataque.

A última hora del domingo 4 se conoció la noticia de la muerte de 32 cubanos durante el ataque, que formarían parte del anillo protector del presidente venezolano. Lejos de disipar el manto de dudas, la noticia las aumenta pues abre aún más los interrogantes sobre la actuación –más bien la falta de actuación– de fuerzas, dispositivos y resortes claves del andamiaje militar venezolano y de su capacidad operativa.

Las señales apuntan a contactos con figuras internas, especialmente con la “presidenta encargada” Delcy Rodríguez, la cual a través de un tuit acaba de invitar “al gobierno de los EE.UU. a trabajar conjuntamente en una agenda de cooperación, orientada al desarrollo compartido, en el marco de la legalidad internacional y fortalezca una convivencia comunitaria duradera» abandonando el reclamo de la liberación de Maduro que en principio había planteado el régimen. Viene al caso destacar que la vicepresidenta no está en el listado de funcionarios acusados por narcotráfico por Washington.

El gobierno norteamericano ha desechado una “transición democrática” liderada por la oposición, y se inclinaría a un acuerdo con sectores aún poderosos dentro del chavismo, que puedan garantizar orden y la regimentación de las organizaciones obreras y populares así como la continuidad del aparato estatal -especialmente de las Fuerzas Armadas y la administración del petróleo. Esa lectura explica parte del desencuentro que hoy se observa entre Trump y la oposición venezolana. Donald Trump puso en duda públicamente la capacidad de la líder opositora María Corina Machado para liderar una transición en Venezuela y afirmó que “sería muy difícil para ella ser la líder” porque “no tiene el apoyo interno ni el respeto en el país” necesarios para gobernar tras la caída de Maduro.

La prensa internacional ha destacado los lazos de Delcy Rodríguez y su hermano Jorge Rodríguez, que preside la Asamblea Nacional venezolana, con republicanos de la industria petrolera y de Wall Street que se opusieron a la idea de un cambio de régimen en la crisis política abierta en las elecciones presidenciales del año pasado con el estallido de las denuncias de fraude. Si bien el gobierno estadounidense denunció ese hecho no hizo demasiadas olas con el tema, tomando en cuenta la opinión reinante en los círculos de negocios corporativos norteamericanos. Entre sus interlocutores se encontraba el fundador del prominente fondo de inversión Blackwater, Erik Prince, y Richard Grenell, enviado especial de Trump que intentó negociar un acuerdo con Maduro. En las semanas previas trascendieron versiones de que Maduro mismo y su régimen habían negociado con el gobierno yanqui una entrega sin precedentes de los recursos petrolíferos y mineros a cambio de que se respetara una salida que preservara su vida y gran parte de los privilegios de la camarilla cívico-militar sostenida por la boliburguesía.

Pero la posibilidad de arribar a un acuerdo es incierta. Más allá de los tanteos entre ambas partes, lo que prevalece son los interrogantes. Trump ha sido enfático al afirmar que Estados Unidos gobernará temporalmente Venezuela para asegurar una transición “segura y adecuada”, e incluso ha expresado qué compañías petroleras estadounidenses ayudarán a “arreglar” la infraestructura petrolera venezolana. Este enfoque nos remite a la intervención histórica de Estados Unidos en América Latina.

Una intervención extranjera podría desatar una resistencia armada o política de confrontación dentro de Venezuela, profundizando la fragmentación política y social del país, incentivar el sentimiento antiimperialista en América Latina y provocar una reacción en toda la región. La convocatoria de una sesión de urgencia en el Consejo de Seguridad de la ONU refleja el elevado nivel de tensión internacional.

Estamos en presencia de un rompecabezas cuyas partes son difíciles de encastrar. Una administración transitoria a cargo de Estados Unidos sería bastante incompatible con una continuidad del núcleo duro del régimen, que debería dar un paso al costado a cambio de garantías de impunidad negociadas con Washington.

La transición está llamada a ser un proceso convulsivo. El ataque militar y el secuestro de Maduro es un episodio de una crisis política que recién comienza.

Amenaza de un segundo ataque

Trump no ha descartado acciones adicionales si las condiciones lo ameritan. En declaraciones recientes dijo que las tropas no estarían en Venezuela si el liderazgo de transición cumple lo que Estados Unidos espera, pero no descartó “otra ola de operaciones” –mucho más fuerte- si facciones del régimen o fuerzas internas intentan recuperar el control o se produce resistencia significativa. Este tipo de declaración indica el uso de fuerza no está totalmente excluido. Dependerá en gran medida del grado de cooperación del liderazgo interino y la reacción de las Fuerzas Armadas venezolanas.

Pero esto podría transformar una misión limitada en una operación de ocupación algo que la Casa Blanca pretende evitar. Washington parece preferir estabilidad y acuerdos políticos antes que una escalada militar. En relación a este punto, el secretario de Estado Marcos Rubio ha tratado de bajar un cambio respecto a las afirmaciones referidas a pasar a gobernar Venezuela, que la transformaría de hecho en una suerte de colonia/protectorado como es Puerto Rico.

El secretario de Estado insistió en que la misión estadounidense en Venezuela difiere de intervenciones pasadas en Oriente Medio, como en Libia, Irak o Afganistán. “Esto no es Oriente Medio. Y nuestra misión aquí es muy diferente”, declaró Rubio, alejándose de la idea de una administración desde el exterior.

Rubio afirmó que Estados Unidos considera trabajar con Delcy Rodríguez y el gabinete chavista, siempre y cuando accedan a tomar las decisiones correctas.

De todos modos, aunque por ahora esté en suspenso un segundo ataque la presión militar de Estados Unidos va a continuar, como la ha venido llevando adelante en el último periodo. En la entrevista, Rubio detalló que ésta se mantendrá a través de una importante presencia naval en el Caribe y un embargo petrolero, instrumentos que, según sus palabras, permiten ejercer “tremenda influencia” sobre el curso de los acontecimientos en Venezuela. Añadió que Washington continuará interceptando embarcaciones vinculadas al narcotráfico y confiscando barcos sancionados, mientras persistan los desafíos pendientes. “Seguiremos haciendo eso y, potencialmente, otras cosas hasta que lo que necesitamos que se aborde sea atendido”, afirmó el funcionario en la conversación emitida por CBS News. Esto significa, en primer lugar, que se acentuará el bloqueo económico contra Cuba, quebrando su abastecimiento petrolero desde Venezuela.

Por una movilización continental

Las intervenciones recientes muestran que el imperialismo no actúa como una vía de superación para los Estados, sino como un factor de agravamiento de las crisis insolubles y recurrentes del capitalismo mundial.

Cualquiera sea la salida en danza que termine por prevalecer en la intervención imperialista en Venezuela, no abriría una etapa de “normalización democrática” ni una satisfacción de las necesidades populares que revisten un carácter apremiante, sino que está llamada a acentuar la dominación imperialista, promover un fuerte control y regimentación de la vida política, un saqueo y apropiación de sus recursos y una renovada política de ajuste y confiscación del pueblo venezolano. El costo de la reconstrucción será pagado por los trabajadores y masas populares.

La intervención imperialista tiende a recomponer Estados dependientes, no a democratizarlos. El eje ordenador del conflicto no es la democracia ni los derechos humanos, sino la disputa por el control de un territorio estratégico y de uno de los mayores reservorios de petróleo del planeta. Las declaraciones de Trump —cuando afirma que Estados Unidos “administrará” Venezuela y que la operación se “pagará con petróleo”— desnudan el contenido material de la intervención: no se trata de liberar al pueblo venezolano, sino de reorganizar el poder estatal y económico bajo la tutela de Estados Unidos.

En el plano internacional, la operación estadounidense debe ser percibida como un mensaje directo a potencias como China y Rusia. Para Alexander B. Gray, veterano funcionario estadounidense de seguridad nacional y política exterior y exsubsecretario asistente del presidente y Jefe de Gabinete del Consejo de Seguridad Nacional, la salida de Maduro significa una reafirmación del “liderazgo estratégico estadounidense en el hemisferio”. Gray sostiene que “la exclusión de potencias extrahemisféricas de la nueva etapa será clave para el futuro de Caracas”, en línea con la renovada doctrina Monroe impulsada por la administración Trump. El propio presidente estadounidense advirtió a países como Colombia y Cuba sobre las consecuencias de desafiar a Washington (Infobae, 4/1)

No se nos puede escapar que la intervención imperialista ha puesto en evidencia como nunca la bancarrota histórica del proyecto bolivariano. Tras más de dos décadas en el poder el chavismo llega a este desenlace sin pretender organizar un apoyo popular activo, sin capacidad de defensa soberana efectiva, apoyándose casi exclusivamente en un aparato militar-burocrático corroído por privilegios, negocios y pactos con el capital. El régimen invocó el antiimperialismo, pero gobernó mediante acuerdos con multinacionales, pagó sistemáticamente la deuda, hizo un ajuste permanente sobre los trabajadores y reprimió las protestas y las iniciativas de lucha. Esa contradicción estalla ahora de forma brutal.

La oposición de fondo que tenemos con el régimen de Maduro y la camarilla gobernante, sin embargo, no nos impide empeñarnos en la lucha planteada contra la agresión yanqui. Una salida progresiva para los pueblos jamás va a provenir de la tutela imperial. Promovemos la intervención independiente de la clase trabajadora, no solo de Venezuela sino de toda América Latina, que deberá tomar en sus manos los destinos y la conducción política de sus países y proceder a una reorganización integral de la región sobre nuevas bases sociales.

Llamamos a ganar las calles en Argentina y en todo el mundo. Y emprender una gran movilización continental. En este contexto, una nueva concentración está programada frente a la embajada estadounidense. Es necesario que las organizaciones obreras de Argentina y América Latina ocupen un lugar protagónico en esta movilización. Llamamos a los sindicatos y centrales obreras de nuestro país y de toda la región a lanzar un inmediato paro general en repudio a la agresión norteamericana de modo de poner en pie de lucha al conjunto del movimiento obrero.

Abajo la agresión yanqui. Retiro de las tropas estadounidenses. Basta de bombardeos, bloqueo y represalias

Fuera Trump de América Latina.

Nota Original de Prensa Obrera: https://prensaobrera.com/internacionales/venezuela-las-primeras-48-horas-luego-del-ataque-militar